No lo hagas…

Me encanta hacer un experimento con mis hijos que consiste en lanzarles esa aparentemente ingenua pregunta en forma de:

“y a ti… ¿qué te gustaría ser de mayor?”

En ese justo momento es como si se abriese una puerta en su cabecita, dirigen la mirada hacia el infinito, y se les queda esa carita con una media sonrisa que conecta con un brillo especial en los ojos. A partir de ahí, un torrente de palabras brota desde su interior con una naturalidad pasmosa, sin ninguna cortapisa, pero sobre todo con una seguridad tan aplastante que hasta me dan un poco de envidia cochina.

Fluidez, conexión, pureza, libertad, amplitud, naturalidad, facilidad… podrían ser calificativos adecuados para describir ese comportamiento tan típico de los niños. Pero para mí en particular hay uno que sobresale por encima de los demás: CLARIDAD, en el sentido de que están tan seguros de lo que quieren ser, que no hay atisbo de duda en sus palabras cuando escuchas sus respuestas:

“quiero ser Eugene (personaje de la película de Disney “Enredados”), para casarme con Rapunzel”
“yo quiero ser cantante veterinaria y así cantarles a los animales mientras les cuido y les curo”

Mi respuesta siempre es la misma: “…serás lo que quieras ser, cariño, …”.

Sé que es una respuesta arriesgada, y que puede no ser fácil encajarla en la práctica, porque las decisiones que adopten mis hijos, cuando les toque volar por sí solos, pueden atentar brutalmente contra la línea de flotación de mis creencias, de aquello que crea que es o no adecuado para su futuro. Pero aún así, cada vez tengo más claro, que no hay mayor garantía para el éxito profesional (y personal), que ser capaz de descubrir tu pasión, de hacer aquello con lo que vibras, lo que te mueve y conmueve, aquello que sale de lo más profundo de ti, y sobre todo en ser capaz seguir los dictados que te marca tu corazón.

  Constelaciones Organizacionales

Los niños no tienen ninguna dificultad en escuchar a su corazón, pero… ¿y los adultos?, ¿estamos entrenados-preparados para ello, para conectar con nuestros recursos, con nuestro potencial, para fomentar, cuidar y pulir nuestras habilidades y cualidades que todos traemos de serie?

Haz la prueba: trata de preguntar a los adultos lo siguiente

¿Qué te gustaría hacer profesionalmente?
¿Te gusta lo que haces?
¿A qué te trabajo te gustaría dedicarte?
¿Qué sentido tiene para ti tu trabajo?

Y verás cómo las respuestas no salen de manera tan ágil, espontánea y alegre como las de los niños… Incluso, habrá gente que ni se lo haya planteado, y esté consumiendo su energía en hacer algo que no tenga nada que ver con su persona. O aparece el silencio y no sabe lo que contestar…

¿Qué sucede para que cambie tanto el panorama en unos pocos años?

  La importancia del factor humano

Yo de hecho, me sorprendí a mí mismo un día preguntándome por el sentido de mi trabajo, y esa cuestión fue para mí como si me hubieran dado un guantazo, una especie de sacudida física y emocional que hizo que se tambalearan todos los paradigmas desde los que percibía mi labor profesional. Y de golpe y porrazo empezaron a taladrarme un sinfín de preguntas del tipo ¿De verdad me veo yo haciendo esto durante toda mi vida? ¿A qué estoy contribuyendo con mi esfuerzo y energía? ¿Qué sentido tiene esto para mí? ¿Cuando me jubile, estaré orgulloso de aquello que he construido profesionalmente?

Las respuestas me hicieron sufrir, pero nunca imaginé que ese sufrimiento se convertiría en mi mejor aliado para hacer lo que hoy estoy haciendo…

Creo que existe una minoría privilegiada, que tiene su vocación perfectamente identificada desde que son pequeños, y consiguen ser congruentes con esa fuerza interna que les quema desde dentro, para construir desde ahí un proyecto personal y profesional cargado de sentido. Pero creo que la gran mayoría, los que no hemos tenido esa suerte, no hemos sabido mirar “de piel para dentro”; bien porque no teníamos activada esa capacidad, bien porque nadie nos había enseñado que el verdadero aprendizaje, y la verdadera sabiduría tienen lugar de puertas para adentro: en el conocimiento de uno mismo, y no en el “conocimiento del medio”, como ahora llaman a las ciencias sociales de mi EGB.

  Como si todo fuera un milagro

Otro gallo nos cantaría, si junto con las asignaturas tradicionales, se enseñara en los centros educativos materias del tipo: autoconocimiento, fomento de la creatividad, trabajo en equipo, comunicación, hablar en público, asertividad… en definitiva, habilidades sociales y emocionales que considero esenciales para un crecimiento personal, completo y con sentido, para dejar de ser unos auténticos analfabetos en estas materias.

Insisto, el mejor pasaporte hacia un futuro con éxito (y no me refiero a lo material, que será consecuencia de lo demás), es conocerse bien uno mismo, escuchar nuestro corazón y descubrir esa fuerza interna que está dentro de cada uno, porque estar, está… sólo hay que dejar que salga, y quizás desempolvar un poco el baúl de los recuerdos.

Si no puedes en este momento hacer aquello que amas, hazte un favor, por lo menos pon amor en lo que hagas…

Si no, NO LO HAGAS.

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